Edición N° 5 - abril '94

Los límites, los drogadictos y los tratamientos

Por:
Héctor R. Bordoy
*
(Datos sobre el autor)


Cuando se habla de drogadicto generalmente se asocia a violencia, robo, acción escandalosa y que también rápidamente hay que parar. Ante esto, es muy frecuente escuchar desde cualquier ámbito de la sociedad indicaciones tipo receta: "ese chico necesita que le pongan límites". "Los adictos no tuvieron límites y hay que ponérselos de cualquier forma". "Que conozcan el límite de la reja, así aprenden". Otros más suaves: "límites y afecto es la mejor terapia".

Esto es desde el sentido común, desde lo que se ve, lo que es mostrado. "Lo que está descubierto requiere la vista, lo que está oscuro requiere el saber" dice la cábala.

Desde el saber psicoanalítico, detrás de esa "falta de límites", de ese "actuar impulsivo", de ese "no respeto a la autoridad", hay muchas cosas para escuchar. En principio es necesario escuchar el caso particular, lo singular que hay en quien consulta.

Pero de esas singularidades se pueden extraer factores o aspectos comunes, uno de ellos, los límites, ¿pero de qué límites hablamos? No hay dudas que los límites los pone la autoridad y son necesarios para vivir. Es necesaria la intervención del padre, que suge como autoridad ante la díada madre-hijo, para que ambos se ubiquen en un lugar distinto: la madre pueda seguir siendo mujer y el hijo sea de los dos, para que de esta manera pueda ir teniendo un lugar propio.

Esto, planteado así parece muy sencillo, pero escuchar cómo fue vivido, sus viscisitudes, sus consecuencias, es algo que requiere de un saber y lleva su tiempo.

Freud, en "El malestar en la cultura" dice: "No hay dudas que la búsqueda del hombre en la vida es la felicidad, y este objetivo tiene dos faces: por un lado evitar el dolor y el displacer, por el otro experimentar intensas sensaciones placenteras. En sentido estricto el término felicidad sólo se aplica at segundo fin."

Más adelante continúa: "el sufrimiento nos amenaza por tres lados: desde ·el propio cuerpo, que condenado a la decadencia y a la aniquilación, ni siquiera puede prescindir de los signos de alarma que representan el dolor y la angustia; del mundo exterior, capaz de encarnizarse en nosotros con fuerzas destructoras omnipotentes e implacables; por fin de las relaciones con otros seres humanos. El sufrimiento que emana de esta última fuente quizá nos sea más doloroso que cuatquier otro".

De lo que se trata aquí, es de esos primeros otros seres humanos en la vida de todos, que marcan -más allá de toda intencionalidad, porque ellos también tuvieron sus "otros"- las diversas maneras de relacionarse con sus semejantes. Esta marca está relacionada con quien tuvo la autoridad y como fue el poner límites.

En estos casos de drogadicción, en general lo que prevaleció fue la inconsistencia de la autoridad y por consiguiente los límites fueron difusos, nada claros. Esto llevó a que en el acceso al mundo predomine la acción a la palabra, dado que está en un estado de angustia del cual buscará salir a través del actuar; de esta forma la transflere a un otro indiscriminado.

Cuando se produce el encuentro con la droga comienza una relación que toma las características de un objeto capaz de hacer sentir sensaciones tan fuertes como ninguna otra relación produjo. Parece que eso sí es un más allá del placer y sin necesidad de un otro, un semejante. Será a traves del propio cuerpo. Esto sí que calma, pero calma que será momentánea, fugaz, por eso la necesidad de repetirla y buscar una sustancia mas fuerte, más potente, que pueda provocar ese efecto de la primera vez.

Aquí es cuando hace irrupción en la trama social, y por alguna de sus actuaciones será necesario el límite que pone la autoridad social. Es frecuente escuchar que ese límite fue buscado para provocar el efecto de calma, a través de que alguien, no importa quien, se haga cargo de manera efectiva de él.

Pero cuando la búsqueda puede tomar otra característlca, es decir pedir ayuda para salir de ese sufrimiento, entonces podrá estar el encuentro con un otro, con cuyo saber surgirá una significación que advendrá de haber escuchado a ese sujeto en su singularidad. Es un trabajo que intervienen dos: terapeuta-paciente o analista-analizante. Esto es un límite claro y surgirá la transferencia, de la que Lacan se referirá así: "...ocurre algo que en su aparlción más común se denomina efecto de transferencia. Este efecto es el amor. Es evidente que, como todo amor sólo se ubica, como indica Freud, en el campo del narcisismo. Amar es, esencialmente, querer ser amado."

Hablar de transferencia es hablar del eje central de la cura psicoanalítica, a la que habrá que estar muy atento cómo se da y en qué momento.

La experiencia con estos pacientes es que al comienzo la transferencia es muy masiva y se ve muy claramente por lo magnificado, lo que nos enseña Lacan: que el analista tiene el saber del gran Otro, del cual deberá aceptar solo su investidura, nos recuerda Michel Silvestre.

Sobre esta base, que lleva implícito respetar el deseo de ese sujeto, donde antes estaban los actos como única posibilidad de salir de la angustia, surgirán las palabras. Señal de un trabajo en conjunto y donde no habrá una técnica del psicoanálisis, sí habrá una para cada caso. Como dijo el poeta:

"Caminante, no hay camino,
/Se hace camino al andar.

Y como deseo del analista, podríamos seguir con los versos de Machado:

"Al andar se hace camino,
/ y al volver la vista atrás/
Se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar. "

Esto transcurre en el ámbito de un consultorio, pero no podemos dejar de escuchar lo que se dice afuera, dado que es un tema que está irremediablemente metido en la trama social, se ocupan todos, o mejor dicho todos hablan, no hay medio de comunicación donde el tema no esté presente todos los días. También están las instituciones encargadas de "rehabilitar" a los drogadictos.

¿Rehabilitar? Si fueron habilitados por el gran otro social como drogadictos, se les dio el modelo de vida y la droga.

Habilitación que fue tomada como identidad. De esto podemos dar cuenta quienes atendemos a personas que han hecho del consumo de drogas una necesidad vital, porque se presentan diciendo "Soy drogadicto" y suelen agregar: "Ud. sabe cómo somos los drogadictos". Esto es ocupar un lugar en la sociedad, pero que de ese lugar otros saben de él.

Esos otros que saben de ellos, también están, pero es un saber sobre lo que está a la vista: son dependientes y se ofrecen fácilmente a un amo.

Sobre el conocimiento que da el sentido común, no se puede decir que son tratamientos lo que se hace en algunas instituciones, donde el límite puesto desde afuera y la exigencia de una obediencia incondicional es la propuesta de la llamada rehabilitación, que teniendo en cuenta lo dicho anteriormente, es claramente eso: se los vuelve a habilitar en el mismo lugar.

Lamentablemente para el futuro de nuestra sociedad, hay una amplia gama de estos pseudo-tratamientos, incluso algunos tienen un discurso con sustento teórico que se contradice totalmente con la práctica, esto es canallesco.

De lo que se trata, al menos desde el lugar que uno ocupa, es partir del sujeto, no del objeto. Para que de esta manera no haya posibilidades que ese sujeto con dificultades sea converlido en un objeto esclavizado.



Bibliografía

  • Freud. S.: "El Malestar en la Cultura" - Obras Completas, T. III Ed. Biblioteca Nueva.
  • Lacan. J.: "Los Cuatro Conceptos Fundamentales del Psicoanálisis" Seminario Il-Ed. Paidos.
  • Lacan, J.: Seminario 10 - 'La Angustia".
  • Silvestre, Michel: Mañana el Pslcoanálisis. Ed. Manantial.
  • Bordoy, H.: "Drogadicción: Una posibilidad para ser", en Teoría y Clínica de las Configuraciones Vinculares - Asoc. Arg. de Psicología y Psicot. de Grupo - Bs. As. 1991.

    * Datos sobre el autor:
    * Héctor R. Bordoy
    Lic. en psicología (UBA). Presidente de la Fundación "Huellas". Psicólogo del CENARESO. Docente de pasantías en instituciones forenses

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