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LA CARCEL, REFUGIO DEL VIH-SIDA

Por Betina Uzcudún
Estudiante Trabajo Social (UNLZ)
betinauzcudun@hotmail.com.ar

La caída

Vulgarmente, quienes están en la cárcel “cayeron presos”. A la prisión se le atribuye la potestad de la caída, del derrumbe de un cuerpo que se desploma por el peso de su delito, que cae en desgracia, que pierde el bienestar, el prestigio y la dignidad. Quien ha caído se encuentra abatido y vencido por un orden que se yergue victorioso, facultado por el triunfo a dominar, subyugar, reprimir y violentar toda acción y/o pensamiento que subvierta ese orden. El dominio inapelable que ejerce la prisión sobre el caído la dota de omnipotencia y arbitrariedad en la aplicación de la norma.

El haber caído implica la ruptura con un tiempo anterior en que el devenir estaba signado por la posibilidad de realización. En el espacio carcelario el tiempo: pasado , presente y futuro, se fusiona en un letargo insoslayable que cercena toda posibilidad de realización en pos del porvenir. El pasado, lo anterior, el mundo del afuera sólo existe como pérdida, como añoranza. El futuro, lo que vendrá, se traduce tan sólo en un número vacuo, sin arraigo: la fecha de salida, el día de la libertad. “Purgar penas carcelarias, preparar alimentos, gemir en un hospital (...) todos esos trabajos se hacen sin ninguna esperanza, ninguna ilusión, ningún fin superior”1.

Resulta imposible posicionarse desde la transitoriedad del presente para proyectarse en el mañana porque el sujeto queda abroquelado en el tiempo, su vida se resquebrajó el fatídico día de la detención (al que se vuelve como castigo autoflagelante) y volverá a asirse el día de la libertad. El encierro impone una nueva cotidianidad, un nuevo hábitat que exige el don de la paciente espera, de la mesura y de la resignación.

La conjunción del aislamiento y el encierro someten a una existencia en suspenso, ahora la vida le pertenece enteramente a ellos. Sólo quedan fantasmas humanos que vagan sin órbita; presas de su ausencia, caminan con pasos ahogados, con rostros mutilados por los que quedaron. El mundo exterior ya casi ha dejado de existir y se pierden entre sus soledades. Pertenecen a un universo situado entre la memoria de lo que fue, la certeza a la que son arrojadas y la imposibilidad de lo que será.



La domesticación del cuerpo de los internos por coacción y por adopción

La sujeción disciplinaria domestica el cuerpo, lo domina, y de este modo logra su neutralización. “El modelado del cuerpo, el aprendizaje de las técnicas induce modos de comportamiento y la adquisición de aptitudes se entrecruza con la fijación de relaciones de poder, se fabrican individuos sumisos y se constituye sobre ellos un saber en el cual es posible fiarse”2. La disciplina ha surgido para excluir a todo aquello que perturba un orden que no acepta conflictos, y que por lo tanto expulsa la diferencia, la patologiza y construye estereotipos de conducta a partir de una concepción positivista de la naturaleza y del hombre. Todo aquél comportamiento que no se ajusta a la norma adquiere el distintivo de conducta desviada, inadaptada y que debe ser aislada en busca de su corrección. En este paradigma se inscribe la tecnología penitenciaria que se despliega en una serie de prácticas que tienen como objetivo corregir al corregible o incapacitar al incorregible. La modalidad de tratamiento disciplinario es la de masificar, atomizar, cosificar y eliminar toda posibilidad de construcción de un colectivo que cuestione, y en consecuencia, accione para la recuperación de los derechos vulnerados por la condición de sujeto privado de su libertad.

El sistema carcelario no admite fisuras, excluye y expulsa todo atisbo de cambio que ose cuestionar su génesis y su ortodoxia, es un mecanismo perpetuo de control o de coacción, de vigilancia discreta y de coerción insistente. La cárcel se constituye en el paradigma más acabado de la opresión del hombre por el hombre que se remonta a las prácticas ancestrales del patíbulo, a las acciones ejemplificadoras y moralizantes válidas como instrumentos de sosiego social.

Al interior de esta lógica de sujeción disciplinaria que abarca tanto a los internos por coerción como a los internos por adopción es estrecho el margen que queda para implementar actividades signadas por la transversalidad. La figura del eterno vigilador desalienta la búsqueda mecanismos de carácter dinámicos e instituyentes. La permanencia en la institución requiere de la rutina, la burocracia, de la regularidad de los comportamientos y del estatismo para que se neutralicen las voluntades innovadoras.

Un tiempo en eterno presente

El dispositivo disciplinario reinventa el tiempo, el movimiento perpetuo comienza a tornase denso y languidece en un eterno presente. La pérdida de la temporalidad permite la homogeinización de lo cotidiano, que las acciones se transformen en rutinas monótonas con el fin de invalidar la posibilidad creadora como motor de cambio.

Paradójicamente, la coacción a un existir estéril, purgado de sensaciones, se convierte en un presente incontinente. La compulsión forzada y violenta a una cotidianidad estandarizada engendra en su propia naturaleza el germen que la corrompe. Sumergidos en un presente fosilizado irrumpen conductas que estremecen los cimientos del dispositivo institucional. Invaden el espacio homogéneo comportamientos ligados con la inmediatez, con el pasaje al acto sin que opere el principio de la autoprotección necesario para la supervivencia en una geografía hostil. El efecto de la censura queda abortado y surgen conductas teñidas de violencia e intolerancia para sí y para con los demás. Tanto la comisión de una falta como el castigo posterior se exhacerban porque los límites se diluyen ante el abandono abrupto, ante el menoscabo de un orden continuo y necesario en la lógica carcelaria. El quiebre de la disciplina y de la monotonía instrumental a través de comportamientos que van desde la rebeldía hasta el autoaniquilamiento, provoca la ruptura del coloquio a solas entre el preso y el poder que se ejerce sobre él, posibilitando a su vez la integración y diferenciación temporal y por ende la constitución del sujeto histórico-social.

La ausencia de integración temporal contribuye a que cada uno hable desde su presente, desde su situación particular, lo cual no sólo impide la percepción de los cambios, sino que fundamentalmente coarta el desarrollo de un sentimiento de pertenencia a un espacio colectivo. Ausencia que refuerza la disponibilidad del individuo al reclutamiento y a la sumisión.

En cambio, la diferenciación temporal implica una lógica dialéctica, incluye la noción de conflicto, en donde los términos del bien y del mal no se excluyen sino que establecen una continuidad sobre la base de síntesis sucesivas. Se trata de una espiral continua a través de la cual se resuelven las contradicciones entre las diferentes partes, cumpliéndose dos procesos de signo contrario que adquieren complementariedad. Se destierra la lógica de la adaptación que se asienta sobre la existencia de dos polos autónomos, el que posee el bien y el saber, y el que no (desviado, anormal, inepto). Se establecen como pares antitéticos, en donde la lógica específica de uno de los polos subsume al contrario, cobrando por ello características hegemónicas. Esta antinomia se instituye como natural, desde “el poder que produce realidad; produce ámbitos de objeto y rituales de verdad”3; aparece como lo dado, a-histórico y atemporal.

Siendo un dato de la naturaleza se niega la idea de conflicto y de contradicción que encierra la existencia de ambos polos de la relación. El desajuste se lo explica como contingencia, no viéndose afectado por aproximaciones de lo histórico social. Basado en un pensamiento disyuntivo y reductor, se objetiviza al sujeto definiéndolo en forma simplista y unilateral a partir de la falta cometida. Se desdibuja tras la figura del delincuente la existencia de un sujeto social producto de su tiempo, situado en coordenadas de tiempo y espacio. A las disfunciones al orden se las considera como anormales, generadas por inadaptación individual. Es el individuo, pensado indiviso, libre y autónomo como parte de una sociedad definida desde la libertad de mercado, único responsable de su situación. En este marco las prácticas penitenciarias buscan corregir el efecto indeseado pero nunca hurgan en las causas.



Romper con los dominios del silencio cómplice que encubre al VIH-SIDA

El SIDA se inscribe en este tiempo y espacio homogéneo que excluye la razón crítica y la duda existencial, en este paisaje de la desolación que transforma a los sujetos en soledades errantes. La cárcel es un terreno pródigo para que se expanda aceleradamente el virus porque él se potencia ante la frugalidad de los actos que no fueron precedidos por la reflexión nutrida de conocimiento y de información. El contagio es solidario con un espacio hermético y un tiempo en continuo presente porque adquiere su fuerza precisamente en los dominios del silencio cómplice.

El vasto dispositivo carcelario de normalización que se sostiene a partir de la automatización de las acciones y de la serialidad de las ideas, concibe la prédica sobre el VIH-SIDA como una amenaza a la armonía; porque hablar de SIDA implica necesariamente vincularlo con los conceptos de marginalidad, discriminación, prejuicio y riesgo, vedados en la etimología carcelaria.

En la medida que se sustrae del vocablo SIDA la idea de patología ligada indisolublemente con la muerte y se comienza a desasir su existencia a partir de su historiografía social, es posible distanciarse de su ligazón con la muerte para poder incorporar al sujeto no como entidad libre y autónoma, sino como parte del tramado social. Es por ello que resulta insuficiente abordar el tema SIDA desde un discurso médico adscripto a la cultura bipolar de la vida-muerte porque de esta manera adquiere la forma de dispositivo de escarmiento, en figura moral que restituye el bien. Esta concepción reduccionista y regresiva produce un pensamiento y un habla sintéticos, que recluyendo a los individuos en la esfera de lo privado les impide reconocer su situación en riesgo y de riesgo. Esta estrategia somete a las acciones a la lógica del asistencialismo, estructura un habla cotidiana que excluye al otro y disuelve el imaginario de la prevención.

Con el objeto de ampliar los límites del discurso médico hegemónico sobre SIDA, amplificado y exaltado al interior de instituciones compactas, es dable propender a la creación de espacios de reflexión que le permitan a las personas vivenciar su protagonismo en la historia y hablar de la gobernabilidad de su destino; que le permitan llegar a un punto donde las biografías se doblan hacia un yo interno masacrado, desverbalizado y brutalmente despojado de su historicidad. Abordar el VIH-SIDA como patología social permite revelar la trama del puro presente, de la indiferenciación temporal porque sirve para formular horizontes vitales. El sujeto recobra el sentido del tiempo fundado en lo histórico-social y se reencuentra como sujeto inscripto en el mundo de los poderosos, retorna al tiempo de las pasiones, de los sentidos, de las inscripciones, de los afectos que cobran valía y se vinculan con el afuera, no como añoranza o como pérdida; sino como certeza.

Bibliografía:

-MARCELA NARI, ANDREA FABRE “Voces de mujeres encarceladas”, Catálogos, 2000

-“Resistir desde afuera” por Marta Dillón en Las/12 Suplemento Mujeres en Página 12, 20/10/00

- LUIS VITALE “La mitad invisible de la historia. El protagonismo social de la mujer latinoamericana”, Planeta, 1987, pag. 243.

- WACQUANT, LOIC “Las cárceles de la miseria”, 2000

- FOUCAULT, MICHEL “Vigilar y Castigar”, Siglo XXI editores, 2000

- Revista de trabajo social “Margen”, Año II Nº 2 “El mundo se divide entre ladrones y policías”. Rossi, Diana.



1 Roberto Arlt en “Aguafuertes Porteñas”.

2 Foucault, Michel “Vigilar y Castigar” Siglo XXI Editores, 1999 . Pag. 306

3 Foucault, Michel “Vigilar y Castigar” Siglo XXI Editores, 1999 . Pag. 198