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Guerra y genocidio premeditados

James Petras

Según estimaciones de la Organización de Naciones Unidas, más de 10 millones de iraquíes resultarán muertos, heridos, desplazados o quedarán traumatizados por la guerra de agresión que prepara Estados Unidos. Es muy probable que las cifras de la inteligencia estadunidense coincidan. Washington ha trazado un plan militar conforme al cual cientos de aviones de guerra y la armada lanzarán miles de toneladas de explosivos sobre ciudades y poblados, infraestructura esencial e instalaciones defensivas iraquíes. Los medios de comunicación masivos en todo el mundo dan información más o menos específica sobre los desplazamientos en tierra, aire y mar. Funcionarios de Washington hablan abiertamente de destrucción sistemática, pillaje y ocupación prolongada.

El genocidio -destrucción en masa y sistemática de un pueblo o nación- está planeado hasta el último detalle táctico. Economistas han determinado minuciosamente los costos de los movimientos de tropas, bombardeos y desplazamiento de población para después calcular el impacto de la guerra en el presupuesto nacional, los futuros ingresos petroleros, la duración de la ocupación y las proyecciones de costos.

Se trata, pues, de un genocidio científicamente premeditado, similar al que tuvo lugar en la conferencia de Wansee, en la Alemania nazi, en enero de 1942, cuando el alto mando decidió el exterminio de judíos. La principal diferencia con la experiencia nazi es que la decisión de Washington de cometer genocidio es anterior a la guerra y que sus ejecutores le han dado amplia publicidad en documentos públicos y en discursos oficiales.

Los arquitectos de la aniquilación provienen de una pluralidad de orígenes étnicos, raciales y religiosos: dos son negros, algunos anglosajones, varios judíos y uno hispano. Con excepción de Powell, todos evadieron el servicio militar o cualquier misión de combate durante la guerra de Vietnam. Todos han participado anteriormente en la planeación o el impulso a guerras de agresión o atrocidades militares.

Durante la guerra de Vietnam, Powell escribió un informe en el que justificaba la matanza de My Lai, en la que el ejército estadunidense asesinó a cientos de campesinos desarmados. En el gobierno de Ronald Reagan, Rumsfeld fue un vehemente defensor de la intervención militar y el respaldo a subrogados terroristas en Centroamérica, Asia y Africa. Paul Wolfowitz y Richard Perle diseñaron la estrategia de la destrucción sistemática del Estado palestino como asesores del Likud, política que ha sido puesta en práctica desde entonces por el régimen del primer ministro israelí, Ariel Sharon.

Lo que en el pasado fueron ejercicios teóricos de limpieza étnica, planeación, matanzas localizadas y justificaciones prefabricadas se fusionan ahora en una doctrina sistemática de genocidio internacional. Cada miembro de la elite genocida aporta sus patologías particulares: Powell, su ca-pacidad de fabricar sistemáticamente "evidencias" para justificar las matanzas; Condoleezza Rice, su adoración sin límite por el poder a cualquier costo; Rumsfeld, las frustraciones de jamás haber sido más que un mediocre no combatiente que ahora quiere presentarse como el mayor estratega del mundo; Wolfowitz y Perle, su odio visceral por los palestinos y los árabes y su respaldo incondicional a la limpieza étnica y el terrorismo de los israelíes.

Lo que importa a la elite genocida no es en principio el petróleo o Wall Street, sino el poder sin límites y el dominio mundial. No ven maldad alguna en la extrema derecha, sólo aliados como Sharon. En cambio perciben maldad y "obstáculos" en socios críticos de la OTAN como Jacques Chirac y Gerhard Schroeder. Patrocinan y promueven a sus vasallos innobles y serviles de Europa del este y del sur. Las fanfarronadas e insultos de cantina de Rumsfeld resuenan en las cámaras silenciosas de Na-ciones Unidas. La voz machacona de Bush busca la complicidad del pueblo estadunidense para proseguir con su invasión genocida de Irak. Cada cual en el estilo que le impone su idiosincrasia, los miembros de la elite guerrera avanzan en formación militar, con gran sentido de impunidad y ciega arrogancia, hacia la destrucción sistemática de una nación.

Sin embargo, sus asesores y publicistas les han hecho ver que la gente está inquieta. Cientos de miles de ciudadanos han tomado las calles de las principales ciudades y de muchas poblaciones pequeñas de Estados Unidos. Al principio los genocidas minimizaron estos informes, atribuyendo las movilizaciones a "los izquierdistas de siempre". Pero luego decenas de miles de otras personas, entre ellas escritores prominentes, artistas, ex embajadores y ex generales unieron sus voces a los manifestantes, y eso irritó a los genocidas, que dieron pasos para negar el detonador de la oposición pública activa: "veten las protestas públicas", "niéguenles cobertura en los medios de información". Ahora fabrican mentiras más audaces: dan más conferencias de prensa, escriben discursos más beligerantes y envían al emperador George W. Bush a leerlos cada vez que se puede garantizar que tendrá un auditorio.

Los genocidas se ponen cada vez más histéricos, sus insultos crecen en vulgaridad conforme enfrentan "obstáculos" en la OTAN y la ONU y creciente oposición en el frente doméstico. Sienten que están en carrera contra el tiempo: mientras más retrasen los europeos el genocidio, mayor será la conciencia pública del horror de la empresa bélica y sus implicaciones, mayor será la probabilidad de que la oposición sume millones y rebase el control de los medios masivos y la policía. Quieren ge-nocidio ahora: están obsesionados con el temor de que se esfumen todos sus planes, sus fantasías de poderío mundial y de un Medio Oriente sometido al poder anglo-israelí, libre de resistencia árabe, y de que su fracaso personal los registre en la historia como los genocidas que fueron derrotados por su propio pueblo y no por ejércitos invasores, como sus predecesores del Tercer Reich alemán.

En la cúpula del poder, los líderes de Europa y Estados Unidos alegan sobre las condiciones y tiempos de la guerra: Washington moviliza a los satélites de Europa oriental que heredó de la ex Unión Soviética, mientras los gobiernos francés, alemán y belga se hacen eco de la vasta ma-yoría de sus electores que se opone a la guerra. Washington y Londres convocan a sus reservas militares y movilizan a fundamentalistas cristianos y sionistas de derecha, mientras las confederaciones sindicales inglesas, francesas, italianas y españolas amenazan con huelgas y las principales iglesias cristianas se unen a millones de ciudadanos que cierran filas a través de las naciones en la desobediencia civil y la protesta pública.

La guerra que se avecina en Medio Oriente no es una simple conquista colonial, aunque también lo es. Es un choque entre la barbarie y la civilización, cuyo desenlace y consecuencias no se limitarán al resultado militar en Irak. Presenciamos una confrontación entre los propugnadores del genocidio que creen en uno, dos, mu-chos Afganistanes e Iraks, y la creciente oposición de millones de representantes de la humanidad, sus mejores escritores e intelectuales, los voceros religiosos y espirituales que son nobles y dignos y, sobre todo, sus líderes naturales en las clases populares. No puede haber concesiones: esta disputa no llegará a su fin hasta que, o bien el mundo abrace una civilización libre de imperialismo, genocidio y matanzas étnicas, o bien descendamos al infierno de un mundo gobernado por sicópatas genocidas que ven la guerra como medio de dominación perpetua.

Como escribió alguna vez Jean Paul Sartre, "no hay salida", todos tenemos que elegir y enfrentar las consecuencias. Dondequiera que vivamos y trabajemos, debemos involucrarnos porque el imperio está en todas partes, desde el norte de México hasta el centro de Buenos Aires, desde los campos petroleros de Medio Oriente hasta los bancos de Yakarta. Así también, el movimiento de la gente está en todas partes. En las calles de Roma, Londres, París, Madrid, Atenas, Seúl, Manila, Nueva York, Washington y cientos de ciudades más pequeñas, se han movilizado millones de trabajadores, pobres urbanos, campesinos, jubilados, miembros de la clase media y estudiantes.

La gran confrontación se ha iniciado, estamos viviendo la historia. Creo que ganaremos. No por fe visionaria, sino por la convicción de luchamos por lo que representa lo mejor de la humanidad.