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El silencio de los mapuches

Por Carlos del Frade
Agencia de Noticias Pelota de Trapo (13/04/05)

(APE).- La gente de la tierra decía que los wichan, los juicios, debían seguir el pensamiento, el rakidhuam de la nación. Aquello que se transmitía a través de los abuelos mientras los niños jugaban a la pillma, una especie de juego de pelota, o a la chueca, parecido al jockey. Los wichan, los juicios, entre los mapuches se resolvían, entonces, de acuerdo a las decisiones de los ancianos, la historia oral y la permanente búsqueda de la armonía entre todos los existentes de la mapu, de la tierra.

Y aunque no entraba el principio de propiedad privada en su cosmovisión, los mapuches entendían que los niños eran sagrados.

En la principal festividad comunitaria, el nguillatún, los piwichén, los niños sagrados, son los encargados de colocar las banderas y las ramas como símbolo de fertilidad y prosperidad en el centro el universo, el rehue.

Después se alistan en sus caballos y cabalgan a la cabeza de un grupo de jinetes, mientras los bailarines danzan por el llamado del cultrun, del tambor.

Porque los niños son los únicos capaces de alcanzar el centro del universo.

Cada uno y todos los niños pueden alcanzar el centro del universo.
Por eso estaba claro que toda cosa que se hiciera contra ellos debía ser reparado.
Y en los wichan, en los juicios mapuches, la reparación debía buscar el equilibrio entre lo que era, lo que existía antes del despojo y el presente modificado.
Los chicos en la cultura mapuche eran sagrados. Quien afectaba a un piwi debía pagar el desorden cósmico. No había diferencias. Porque todos se sentaban alrededor de los corderos asados durante el nguillatún y comían por igual.

Pero los chicos eran sagrados. La mapudungún, la lengua del pueblo y el tayil, el canto sagrado, eran enseñados a los pibes para que crecieran de acuerdo al pensamiento de la comunidad.
Dicen los escritos de la Facultad de Derecho de Buenos Aires que los ancianos ya no quieren aplicar el derecho penal mapuche. No hay razones conocidas.
Son misteriosas.
Aunque quizás no.
Tal vez los ancianos mapuches estén cansados, hastiados...

Uno de los hombres más poderosos y ricos de Bariloche, el empresario Juan Gilio, fue absuelto en el juicio que se le inició por abuso sexual contra una nena de doce años. En una primera instancia, Gilio fue condenado. Lo habían juzgado por “promoción a la prostitución agravada” junto a la madre de la niña.
Ahora la justicia que no es ciega ni sorda, como bien dicen los vecinos de Bariloche, le hizo caso a la riqueza del hombre. El fiscal retiró la acusación por supuestas contradicciones de la nena que debió repetir su dolor sin que nadie estuviera junto a ella para abrazarla, para hacerla sentir sagrada, como decían los viejos habitantes de esos increíblemente bellos arrabales argentinos.
La piba, hoy de dieciséis años, estuvo en el centro del infierno leguleyo, muy lejos del centro del universo que los mapuches imaginaban solamente alcanzado por chicos de su edad.
Una movilización de indignados vecinos de la ciudad pidió acabar con la impunidad y “castigo al culpable de los delitos”. También solicitaron la renuncia del fiscal, un tal Enrique Sánchez Gavier. Dicen los periodistas del lugar que “la bronca era indisimulable entre quienes se dieron cita en el lugar a tal punto que se hizo carne en las mujeres iniciar una campaña para que no se compre en los comercios de propiedad del empresario ahora absuelto”, remarca una crónica.
Para Diego, un militante social de la ciudad del sur, esto es un “asco en todo sentido”, aunque destacó que hay muchas personas que antes no se movilizaban por nada ahora lo están haciendo. “Ojalá que se den cuenta que este no es el primer caso ni tampoco va a ser el último”, advirtió.

En los mismos valles iluminados por los reflejos del sol en las nieves y las flores de bellezas mágicas, donde los lagos acompañan los misterios y las obstinaciones de generaciones enteras, allí donde los mapuches construyeron una sociedad en que los chicos eran sagrados, ahora los ancianos de la comunidad están en silencio.
Cansados. Porque el centro del universo ha dejado de ser el lugar para los pibes y aparece privatizado y custodiado por jueces analfabetos en las leyes del cosmos y la existencia. Algún día Nguenechén se convertirá en miles y entonces volverá la alegría a ser la canción cotidiana de los chicos de esas tierras de ensueño.
Mientras tanto, el consejo de sabios mapuches delibera en los valles, preparando el wichan, el juicio definitivo.

Fuentes de datos:
Diarios Página/12 y El Cordillerano - Bariloche 05-04-05