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Análisis diléctico de la violencia conyugal

Por Eiko Torres A. y Sergio Valderrama V.
Estudiantes Trabajo Social, Universidad de Magallanes, Punta Arenas, Chile, Mayo, 2005

La violencia conyugal es un fenómeno humano que ha estado presente a lo largo de la historia. Éste ocurre y afecta a una pareja, constituida por un hombre y una mujer en virtud de las leyes o por un mutuo acuerdo, es decir, a través del matrimonio o la convivencia.

El presente ensayo, pretende analizar, desde una perspectiva dialéctica, aquella relación que se genera en una pareja –entendida ésta como la unión voluntaria entre dos personas, en busca de un bien común basado en elevados sentimientos- pero en donde ambos individuos debieran concurrir en igualdad de condiciones en el más amplio sentido.

Podrían existir diversos razones que desencadenen un conflicto entre ambas partes, siendo el motivo más común la existencia de un abusador, quien cree que tiene el "legítimo" derecho de controlar a la otra persona a través del miedo, la intimidación y cuánto elemento coercitivo tenga a su mano.

En esa relación de abuso hay una tendencia a desarrollar violencia, y en donde habitualmente uno asume el papel de agresor frente al otro, quien, dicho sea de paso, muchas veces termina convirtiéndose inconscientemente en su víctima. Es así como víctima y agresor -al menos desde un punto de vista teórico formal- son entidades distintas, perfectamente diferenciables entre sí. Víctima y agresor, son términos que afloran espontáneamente en el decir de cada día, lo que en el fondo contribuye a "legalizar" una suerte de utilización arbitraria de cada uno de ellos.

En una relación de violencia, la víctima y su victimario desarrollan una relación dependiente y sado-masoquista, a la que muchas veces ellos mismos llaman de "amor". Por ejemplo el agresor dirá: "esto lo hago porque te quiero", y la victima querrá creerlo.

Como un prisionero de guerra, la víctima puede comenzar a identificarse con el agresor y a unirse psicológicamente a él, porque de algún modo está involucrada afectivamente. Para una persona ajena al asunto, sus procesos mentales y sus comportamientos le parecerán irracionales e ilógicos, pero para los copartícipes de este comercio, es un mundo real y perfectamente coherente.

El agresor, en tanto, comúnmente tiene la sensación de que su víctima le pertenece. Y que, por lo tanto posee pleno derecho a hacer con ella lo le plazca. Mientras que la víctima tiende sentir que ella debiera aceptar esta realidad.

Puede llegar a ser sorprendente y muchas veces frustrante, para quienes no trabajan con víctimas de violencia conyugal, las razones que ellas dan para continuar su relación de pareja. Respecto al agresor, existen también diversos motivos que lo ha llevado a asumir tal posición. Consecuentemente ambas partes se "acostumbran" y llegan a compartir un sentimiento de "bizarro disfrute". A pesar de este sentimiento, en algún momento debiera generarse una pugna entre estas dos posiciones.

Si bien víctima y agresor son nociones antitéticas, aun así –y sobre todo pese a ello- resulta necesario percibirles como instancias que "cohabitan" dentro de una totalidad mayor: la que por supuesto les incluye. Debiéramos suponer que entre estas dos instancias no existe divorcio, sino, más bien, una natural disposición hacia la avenencia. En tal caso, víctima y agresor, constituirían "latitudes" extremas que se insertan dentro de un mismo "territorio" (relación de pareja).

Si recogemos el contrasentido y lo desplegamos dentro de los cánones clásicos de una suerte de ejercitación dialéctica, resulta lógico deducir el advenimiento, de una síntesis que surge de la oposición entre víctima y agresor; y que, como tal, representa un nivel de existencia nuevo, superior; es decir, no constituye un simple mixtura ecléctica y mecánica -una mezcla de sustancias distintas que se encuentran por casualidad-, sino que encarna la superación dialéctica de una contradicción que aparece como tal ante los ojos de un observador incauto.

Esta forma de abordar el problema, puede impresionar como una mera especulación abstracta. Sin embargo, resultaría aun más ejemplificador, observar a un constante victimario, o sea, un victimario que por sus incansables actos ha llegado a conseguir un dominio absoluto sobre su víctima, es decir, "se las ha arreglado" para hacer de su accionar algo en cierto modo gratificante, satisfactorio, y por sobre todo acometiendo actos que para el resto de las personas resultaría anormales. Dicho de otro modo: ¿no será la situación específica de que aquel victimario orientado a validar su autoridad y a conseguir el máximo dominio, la que resume con exactitud casi absoluta la no superación dialéctica del antagonismo víctima contra victimario?

Para que exista una superación de la pugna entre victimario y víctima, debe primero existir una lucha u oposición declarada entre ambos. Y éstos, al formar parte de un mismo todo -que es la unión afectiva- intentarán converger en una instancia superior. Entonces, en ese momento, el victimario ya no es victimario. Y la víctima no es igualmente tal. Ambos han arribado a una instancia superior producto de la dialéctica -que significa diálogo- la cual es inclusiva de las posiciones anteriores. Podría, ahora, y en conclusión, darse una relación de dominio sin maltrato. Sin embargo, esto no significa que solamente a este estadio podría llegar aquella pareja, pues existen otras posibilidades, las cuales dependerán única y exclusivamente de las características del conflicto y de cómo lo perciba cada uno de los protagonistas.

Aquí, como se dijo anteriormente, juega un papel trascendental el cómo se aborde esta pugna entre las partes. En el caso de buscar un camino a la solución basado en la dialéctica, este, logrará tener sentido solamente cuando cada una de las posiciones logren, cada una por su parte, ser escuchada y comprendida por su antagonista, con el fin de poder llegar a un nivel superior, que incluirá además a ambas posturas, esto no significa rescatar sólo los aspectos positivos de cada cual, ni tampoco, que alguna de ellas deba ceder, sino, lo que se produce, en el fondo, es un entendimiento y una comprensión que permitirá superar el conflicto con una sensación de éxito desde las dos posiciones.

Propongámonos beber en la fuente pura, noble e infinitamente enaltecedora que el amor encarna con tanta fidelidad, puesto que amar, en definitiva, es lo más serio trascendente que hacemos. Es, en importante medida, el camino de la realización humana y, más aun, de la superación del drama casi fatal que aflora entre la búsqueda incansable de la realización, que es personal, y su adaptación a las demandas que exige la vida en pareja, partiendo de la base que ese proceso se materializa en la comunión familiar.