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Un frente más allá de Bagdad

Por Luis Fernando Novoa Garzón
sociólogo, miembro de ATTAC, Brasil.
l.novoa@uol.com.br

La nueva guerra contra Irak se instala como el proceso constituyente de un nuevo orden mundial, unipolar y unilateral. Es un asalto al mundo.

Un mundo que de repente quedó demasiado pequeño para el gran capital y su omnipotente máquina de guerra. El club privativo de los incluidos procura ampliar las fronteras de sus privilegios. La exclusión deja de ser una externalidad para convertirse en una inversión o en una protección de la inversión. Las áreas de exclusión pasan a ser zonas de guerra. Guerra contra los diferentes, contra los pobres, contra los débiles.

Se rompe el envoltorio de la teoría de los dos teatros de operaciones simultáneos, típico de la guerra fría. Emerge a la superficie la doctrina de la dominación de amplio espectro: asegurar la capacidad de las fuerzas de los EE.UU. de suprimir a cualquier enemigo en cualquier parte del mundo, de forma unilateral o asistida, con control sobre cualquier variable a lo largo de toda la cadena de operaciones militares.

Tolerancia cero frente a cualquier resistencia o competencia. La supremacía norteamericana dejó de ser sólo un dato objetivo para volverse indispensable y obligatoria. Los EE.UU. tienen el derecho de intervención unilateral porque tienen el deber de salvar la civilización occidental y cristiana. La superioridad bélica se vuelve automáticamente superioridad universal. Porque hecha en nombre de la paz perpetua y de la seguridad mundial, esta guerra posee carácter ejemplar y disciplinador.

Los procedimientos formales de la guerra han sido proscritos. Convención de Ginebra, criterios de guerra justa, de daños excesivos y de castigos innecesarios son válidos sólo para adversarios reconocidos. Nada de esto vale para la nueva categoría de enemigos que se ha creado. Una «guerra sin compromisos y sin reglas» es lo que promete el secretario de Defensa y principal arquitecto de la estrategia de la guerra contra el terrorismo. Para Rumsfeld, los terroristas y los regímenes que los encubren no pueden merecer las salvaguardas de la «civilización», que éstos procuran destruir.

Para defender la democracia y la libertad, las aprisionan en sótanos inaccesibles. Para que el pluralismo sea mantenido, prohíben y suprimen las diferencias. Es así como se construye la jurisprudencia de la guerra total.

No se exigen pruebas a guerras intrínsecamente justas y santas. Bastan insinuaciones e indicios. Las pruebas plantadas y cosechadas por la CIA hablan por sí mismas y confiesan todo en lugar de los sospechosos. En una ojiva, en una foto de satélite y en una cabeza cabe de todo, incluso nada. No importa que Irak posea o no «armas de destrucción masiva». Importa su maligno deseo.

Muchos pasos atrás con relación al Código de Hamurabi. En el lema «ojo por ojo, diente por diente» existe el reconocimiento mutuo de los litigantes y la estipulación de la proporcionalidad de la pena y de la reciprocidad de la acción. La sentencia aplicada por el emperador babilónico en el siglo XVIII a. C. jamás pareció tan civilizada comparada con la doctrina Bush, que consagra el derecho a la represalia anticipada, esto es, a la eliminación previa de cualquier grupo, persona o país considerado amenazador.

El Zeitgeist norteamericano va hasta el fondo de su matriz judeo-cristiana-puritana. Maniqueísmo, condenación/salvación, chivo expiatorio. El fundamentalismo cristiano de derecha postula la hegemonía ideológica del Imperio en su fase totalizante. Si son las intenciones las que valen, las «buenas» intenciones pueden todo contra las «malas». Bienvenidos al infierno.

Operación «manos sucias»

Esta guerra no es sólo de Bush, sino de todo el establishment capitalista. Los pactos y consensos más profundos están dirigidos por una dinámica financiero-industrial-militar.

Las exhaustivas negociaciones de la ONU con relación a la invasión de Irak y sus criterios reflejan las últimas reacomodaciones de este nuevo bloque de poder global que se instaura. Esta recomposición de los centros decisorios del capitalismo global se ha reflejado simultáneamente en diferentes campos:

  1. en el retroceso de las negociaciones multilaterales de la OMC y en la cristalización de las políticas proteccionistas de los países centrales.

  2. en el avance de las fuerzas de derecha en Europa y en la reconfiguración de la UE según los intereses de los oligopolios.

  3. en la legitimación de la política de genocidio en Palestina practicada por Ariel Sharon.

  4. en la interrupción del diálogo y/o el endurecimiento de la represión en Irlanda del Norte, País Vasco, Chechenia y Colombia.

La producción y distribución de petróleo es por ahora la cuestión de mayor relieve. Los reclamos y reservas de Francia y Alemania contra la guerra de Irak no apuntan a impedir la guerra, sino a crear las condiciones que garanticen una mayor permeabilidad al proceso de reordenamiento de Oriente Medio. Inglaterra, satisfecha con sus reservas propias en el Mar del Norte y con las nuevas posiciones que la Royal Dutch/Shell adquirirá en Irak, se alía incondicionalmente al Imperio en busca de una cogestión.

Estamos ante una nueva división imperialista del Oriente Medio. Un nuevo acuerdo Sykes-Picot en beneficio de la superpotencia. A los coligados una promisión: más petróleo a los que derramen más sangre. ¿Quién quedará con las manos limpias?

Los mercados han contabilizado pragmáticamente los riesgos y oportunidades de esta guerra. Koehler, director general del FMI, sugirió una «guerra rápida y con precisión quirúrgica», de manera de no aumentar las incertidumbres sistémicas. Meirelles, presidente del Banco Central de Brasil, en sintonía fina, dice que se inclina por una «guerra exitosa» en Irak. El inestable y fraudulento capitalismo global necesita certezas más que nunca. Desde que el riesgo se ha convertido en sistémico, dejó de ser alabado. Las certezas de compensación y lucratividad irrestrictas, que vengan a hierro y fuego.

La automatización de la guerra

El capital financiero transnacionalizado y el complejo industrial-militar están ocupando juntos posiciones clave en las cadenas de valor, transformándose en reguladores informales de los flujos de capitales y de tecnología. El mercado de la guerra, centrado en las llamadas tecnologías de doble uso, regulado antes por las potencias imperialistas en conflicto, se «autorregula» ahora a partir de acuerdos estables entre los principales conglomerados.

La escalada armamentista es la que mantiene a los capitales en pie. Nuevas generaciones de bombas son nuevos ciclos de innovación tecnológica y de inversión. La simbiosis privado-militar registrada en el interior del complejo militar-industrial de los EE.UU. ha venido a luz. Fuerzas armadas de naturaleza empresarial y empresas de naturaleza militar. Ambivalentes institutos de tecnología de defensa, financiados con capital público y privado, han sido elevados a posiciones superiores en el organigrama del poder mundial. La disputa entre proyectos bélico-tecnológicos es la última Realpolitik a considerar.

Las Fuerzas Armadas de los EE.UU. fueron desinstitucionalizadas y desprovistas de su «espíritu de cuerpo» para ser absorbidas por un cuerpo total en busca de la plenitud. Un Imperio militarizado basado en la investigación y en la especulación científica y tecnológica es capaz de actuar y disuadir por cuenta propia. Aquello que el Congreso no autorice o la opinión pública no tolere será obtenido por medio de joint-ventures, convenios privados y operaciones secretas. Las estructuras de mando de las Fuerzas Armadas están siendo aniquiladas por empresas tercerizadas, que suministran apoyo logístico, asistencia técnica, entrenamiento y asesoría militar, y también por redes paramilitares insumisas a la jerarquía oficial.

El Ejército norteamericano ya no es el mismo. La invasión de Irak fue minuciosamente planeada por Rumsfeld y Wolfowitz, representantes directos del conglomerado financiero-industrial-militar. Las nuevas tecnologías someten la acción militar a concepción y simulación puros. Pensar es al mismo tiempo hacer la guerra. El general Richard Myers, jefe del Estado Mayor, y el general Tommy Franks, comandante en jefe de la operación de invasión, sólo repasan y operacionalizan decisiones. Los ejecutivos-políticos se han convertido en generales. Los generales en soldados. Y los soldados en máquinas.

Envuelto en las entrañas del cuerpo metálico del blindado o del avión, el hombre es metabolizado y digerido. Sistemas de navegabilidad y direccionamiento aumentan la precisión y la eficacia de las operaciones. El poder saturador de los nuevos misiles y bombas deja sin efecto las voluminosas divisiones de asalto, típicas de las guerras mundiales de patrón fordista-taylorista. La tarea destructiva se automatiza de la misma manera que la tarea de montaje en la cadena de la fábrica.

En primer lugar se lanzan bombas antirradiación para destruir los sistemas de información del país y paralizar sus sistemas de vigilancia y defensa aérea y antimisil. Sirviéndose de microondas y ondas electromagnéticas, estas bombas son capaces de destruir las partes blandas del cuerpo humano y de producir graves disturbios psicomotores.

No están descartadas las bombas-E, de elevado impacto, o la utilización de cargas químicas y nucleares que neutralizan improbables arsenales de armas de destrucción masiva. La eventualidad de la posesión de estas armas por un «país no confiable» justificaría la utilización preventiva de estas mismas armas contra él. Asi predica la nueva Doctrina.

Después es el turno de los misiles guiados de bajo costo y de alto poder destructivo. La munición de ataque directo integrador (JDAMS) consiste en kits con GPS y aletas de control instalados en bombas convencionales. La Boeing se especializó en transformar bombas burras en bombas cyborg inteligentes.

Pero el lanzamiento más esperado en el salón internacional de bombas en que se transformará Irak es el del Small Diameter Bomb (bomba de pequeño diámetro), mucho más liviana y mucho más explosiva que sus antepasadas. Esto significa más bombas por avión y muchos más objetivos destruidos por misión. Productividad ejemplar: en 1991, en la Guerra del Golfo, eran necesarios diez aviones para alcanzar un objetivo; en 2003, un avión solo es capaz de cubrir tres objetivos.

La información sirve ante todo para hacer la guerra

La función más compleja de localización y clasificación exacta de los objetivos centrales y de oportunidad queda reservada para las fuerzas especiales (SOF: Special Operations Forces), en plena actuación en Irak desde enero de 2003.

Son grupos paramilitares, subdivididos en comandos especializados, que tienen autonomía operacional en la consecución de proyectos específicos y combinados. Grupos polivalentes como el «Seal» (sea, air, land), sigilosos como la «Fuerza Delta», destructivos y cooperativos como el «Comando Especial de la Fuerza Aérea», ofensivos como el Ranger y sucios como el «Boinas Verdes». Atravesando y gestionando esta red diferenciada, está el Special Operations Group (SOG), vinculado a la poderosa División de Asuntos Clandestinos de la CIA.

La producción de la destrucción se vuelve más diversificada e integrada. Los centros de gravedad del enemigo, en este caso, Irak, ya fueron previamente listados y jerarquizados mediante sistemas de comando, control, comunicaciones, computadoras e inteligencia (4CI). El papel de los soldados convencionales se limita a monitorear el secuenciamiento de las metas planeadas. Nada escapa o queda a salvo una vez montadas las infraestructuras de la ubicuidad:

  1. satélites Lacrosse, USA 144 y Keyhole, capaces de brindar imágenes en movimiento casi en tiempo real, controlando todos los desplazamientos en el territorio iraquí.

  2. apoyo de seguimiento por aviones-espías o tácticos UAV y AWACS.

  3. tratamiento de imágenes y síntesis de datos por sensores.

  4. compartimentación e interoperatividad de las misiones.

  5. reconocimiento automático de objetivos a través de mecanismos de inteligencia artificial

El éxito de una guerra que se pretende permanente depende entonces de cómo se articulen los planes de invasión, ocupación y de administración del Irak pos-Sadam. Nada puede ser aleatorio o extensivo. Cada agresión significa una alianza deshecha; cada protección una alianza establecida. Se deben establecer relaciones más o menos duraderas con los kurdos en el norte y con los chiítas en el sur.
Se tienen que ofrecer compensaciones a las monarquías corruptas de Omán, Qatar y Kuwait y al gobierno turco por poner a disposición sus territorios para la logística de la guerra. Socavar el régimen de la familia Saud en Arabia Saudita, encontrar una solución para la cuestión palestina fuera de los territorios tradicionales y preparar el terreno para la criminalización de Irán son empresas políticas más que complejas.

La «normalización» política de la región después de la guerra es el aspecto más delicado y nebuloso de la mega-operación. La construcción de un nuevo régimen en Irak y en la región dependerá aún de algún artesanado político para el cual concurrirán Israel y las demás potencias de la alianza, en espacios mediados por la ONU, intercalados por ataques convencionales.

El campo de batalla no cabe en sí

En las batallas de esta guerra psicológica, iniciada formalmente después del 11 de septiembre, los árabes islámicos son presentados como lunáticos ciegos a las maravillosas posibilidades de consumo o envidiosos de ellas. Seres rudos e implacables como el desierto que habitan. Bárbaros intratables y opuestos a los bienes de la civilización. Enemigos del pluralismo, de la individualidad y de la democracia.

Los pueblos son marcados para morir. Periódicos y redes de comunicación audiovisual y digital imponen estigmas indelebles. Las lentes de los objetivos y las cámaras se superponen a las lentes de los sensores de los misiles en un juego de espejos en el que todo lo que aparece en el visor o la mira desaparece.

El derecho penal se desmaterializa. En el orden poscivilizatorio la criminalización se deja de referir a los actos para instalar contextos culturales difusos y modos específicos de existir. Los estereotipos pacientemente forjados por los media cumplen su destino al anteponerse a las personas y pueblos. La deshumanización de la imagen del otro es su condena a muerte. Asesinada el alma, resta recoger el cadáver.

Las élites capitalistas, después de degradar a la humanidad y descomponer el mundo, responsabilizan a un monstruo extraño, diferente, exterior, casi alienígena. El combate contra este monstruo es tan monstruoso que el resultado es el mismo: victoria del terror y del totalitarismo.